Remolón, el aseo y el desayuno reviven a este muerto en lista de espera. Salgo a la calle, con el pecho de lata.
Mil y una batallas, importantes tan sólo durante el breve combate. Dos mil y dos problemas más que me llaman la atención. La mente fría (a veces templada, a veces helada), en cada caso.
Los recuerdos me persiguen, esos amables compañeros que, a la vez, me hacen sonreír, y hacen fluir la lágrima. A mis esperanzas, las persigo yo.
Versos que se gestan, mientras camino, conduzco o simplemente me siento a fumar otro clavo de mi ataúd.
Rabia, a veces, por tanto robo. Odio, por tanto que se me enseñó a odiar. Al final, como siempre, mis tres luces que vienen al rescate. Y me siento vivo en mi subsistencia.
A veces, la tentación de una palabra articulada cruza mi mente, y muere antes de formarse. Fe de ateo.
Mi fe no se basa en un amigo imaginario. Mis amigos sólo están ausentes, pero son de carne y hueso.
Mi fe no se basa en expectativas, que mi amistad nunca pidió nada a cambio.
Mi fe no se basa en creencias irracionales, sino en mis experiencias directas y corroborables de mis amigos. Siendo amigos, tendrán sus motivos por los que no llamar.
Mi fe se basa en conocerme, y saber que di (y doy) de mí, y que también ha sido corroborado.
Lo que duele, pensar que un amigo pueda necesitarme, y no acudir a mí. La posibilidad más plausible, que teman añadir a mis cargas.
Tengo fe en que la recriminación y el reproche no tienen lugar en un reencuentro entre amigos.
Mi fe, la definición número 4 del diccionario de la RAE, XXII Edición.
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